Orestes Gaulhiac en busca del Grial

Que un artista plástico cubano, nacido en Santiago de Cuba hace unos 45 años, dedique los días finales del 2004 a pintar reyes, reinas, bufones y ambientes cortesanos es, cuando menos, una propuesta inquietante. Pero si ese artista es Orestes Gaulhiac y estampa sobre los lienzos y cartulinas sus nobles personajes mientras es arropado por el bullicio humano que asciende hasta su estudio de la habanerísima calle Obispo, entonces su empeño bordea lo inconcebible. Pero, inquietante o inconcebible, el trabajo reciente de Gaulhiac tiene una de las virtudes que más de valoran en el arte: la capacidad de sugerir, el empeño de obligarnos a leer dos veces sus mensajes y a sentir que, tras lo visto, hay un mundo oculto pero previsible, como el famoso iceberg del que hablara Hemingway, del cual sólo vemos una octava parte emergiendo entre las aguas del mar.
Ya se sabe que las cortes fueron, desde los días del Renacimiento, uno de los espacios privilegiados de la pintura. Los reyes, reinas, príncipes, infantas, condes, duques y, por supuesto, sus indispensables bufones, se convirtieron en los personajes más recurridos en una creación artística en la cual sólo tuvieron como competidores a las figuras del mundo celestial, a los héroes bíblicos y a los personajes de la tradición grecolatina. Por tanto reyes, dioses, vírgenes y héroes mitológicos poblaron los lienzos de los grandes y también de los pequeños pintores, empujados todos por una similar razón económica: los coleccionistas y marchantes de entonces eran esos mismos reyes y sus ministros, sus condes y sus duques, o los patriarcas de la iglesia, es decir, los únicos en condiciones de gratificar satisfactoriamente el trabajo del pintor, comprando, al mismo tiempo, un pase hacia la eternidad: la de la historia o la del cielo.
Grandes nombre de la historia del arte –siempre habrá que recordar a Velázquez, pintor cortesano por excelencia- alquilaron su maestría a cambio de la seguridad económica que les garantizaba la vida cortesana y la protección eclesiástica, lejos de los miasmas, la violencia y los pesares de un mundo real que se desplegaba más allá de los muros de los palacios y los templos.
Aunque el escenario decadente de las cortes y los reyes, con sus fastos y bufones, no son todavía hoy un universo totalmente enterrado, su antigua preeminencia fue devastada por las revoluciones y el tiempo. Cierto es que los burgueses no fueron (o no son) menos aficionados a la adquisición de ese pedazo de inmortalidad que representaba verse reflejados en un lienzo, como tampoco lo fueron o lo han sido los líderes mundiales o locales que lucharon contra el poder de los reyes y de los burgueses. El atractivo personalista de sentirse objeto y sujeto del arte –aún para los que desprecian y subestiman a esos artífices que viven de su creación y sus sueños- nunca ha sido ajeno a los poderosos de ayer, a los de hoy, a los de mañana.
Sin embargo, recién inaugurado el siglo XXI, dedicarse a pintar escenas de cortes, rostros de reyes, posturas de bufones, a crear ese mundo teatral, idílico unas veces, grotesco en otras, no es un empeño común. Pero Orestes Gaulhiac, al llenar sus lienzos y cartulinas con imágenes de reyes coronados, como figuras de barajas, con rostros hieráticos y posturas difíciles, está proponiendo algo que –casi puedo asegurarlo- es una nueva variación de la eterna controversia entre el artista y el poder, entre el creador y el rector de destinos.
Acudiendo a una figuración casi geométrica, por momentos plana –como la de las viejas tablas medievales-, Gaulhiac ha creado una corte que va del colorido más exultante a los ocres más tristes, como si persiguiera el espíritu de Camelot y sus grandes torneos de caballeros de la Tabla Redonda, pero permeando su figuración, su perspectiva, su empleo del color con una mirada satírica hacia esos “reyes”, dueños del poder, por los cuales el espectador de estas piezas sentirá una difusa compasión, pues sabe que su fasto y poder es sólo artificio y que resultará tan perecedero como todo lo humano. Además, solos o acompañados, estos monarcas cuadriculados trasmiten una sensación de soledad y desvalimiento –potenciado gráficamente con los ángulos que rompen la verticalidad del poder supremo-, que nos hace verlos como imágenes en descomposición y caída, en tránsito de evaporación.
Gaulhiac es, hoy mismo, un artista en evolución, sumergido en un proceso de eterna búsqueda –que es uno de los mejores modos del artista-. Su muestra Nobleza Obliga es un camino que apenas empieza a desbrozarse. Como los caballeros de Arturo, el pintor anda en busca de su propio Grial, que es el estilo personal, y sus reyes tristes y decadentes parecen ser un norte posible hacia esa meta difusa, que hoy parece más cerca de las manos –y nunca mejor dicho- de un pintor entre inquietante e inconcebible, pero siempre deslumbrante, que desde la calle Obispo mira al mundo de ayer y al de hoy y nos habla de lo perecedero y lo trascendente a través de sus colores, figuras y fantasmas.
Suenan las trompetas. Las puertas de palacio están abiertas: adelante su majestad, el arte.

Leonardo Padura Fuentes,
diciembre de 2004

Volver