De la belleza como criterio de la verdad

Desde su última muestra personal, en el 2005, Orestes Gaulhiac ha ido variando el qué y el cómo. Sin dejar del todo atrás las cortes y sus exóticos y patéticos pobladores, ahora busca, por el camino de la noble animalidad latente en el hombre, aquellos rasgos que nos emparientan con los llamados seres inferiores. De ahí sus maternidades-peces, mujeres grávidas no se sabe de qué criatura, que se definen contra un fondo tenue, transparente
-¿sugerencia, reminiscencia del agua?- bellamente trabajado, anuncio quizás de un próximo momento donde lo netamente pictórico terminará imponiéndose al fino dibujante que hay en él, y lo abstracto, lo no representativo, la materia en su estado más puro, capitalice por entero la superficie de la tela.
Sique siendo, no obstante, un artista lírico, que declina –sin renunciar a ella- la reflexión, la intencionalidad conceptual evidente, a favor de una voluptuosidad de colores y formas que la mirada agradece. Gaulhiac es un creador que necesita la belleza como criterio de la verdad, de reafirmación y de constancia de su paso por el mundo.
Ahora, de la mano experimentada de Hilde Vanegroo, se estrena como ceramista. Sus imágenes, que siempre aspiraron a la corporeidad, se ven entonces contenidas en primorosas obras que, no obstante su fragilidad esencial, aspiran a un “comercio” más directo con el espectador, en tanto “objeto” que pueden tener, además, cierto valor de uso.
Feliz encuentro cercano el de estos dos artistas con formaciones, culturas y trayectorias diferentes. Generoso intercambio de ancestrales saberes, de oficios aprehendidos a lo largo de una vida dominada por la pasión del hacer para mejorar el espacio del hombre: utópica propuesta del arte a la que, por nada del mundo, debemos renunciar.

Alex Fleites,

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